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En 1978 Haring escribía en su diario personal: «Hoy he comprendido que una de las razones más importantes de haber venido a Nueva York es que ésta es una de las pocas ciudades del mundo en las que hay salas suficientemente grandes para exhibir mi próxima obra». Parece que, al fin, Haring ha encontrado también su espacio ideal en Ibiza, en la Nave de las Salinas. Este antiguo almacén de sal construido en los años 40, fue trasformado primero en un garaje y ahora en una galería de 2.500 metros cúbicos en una única planta. Cuentan que algo similar le pasó a Bernini al llegar a la corte parisina del rey Sol, donde pronunció ante Luis XIV su célebre : «Che non mi si parli di niente che sia piccolo».

 

Con este ímpetu de monumentalidad ha sido instalada por el galerista y mecenas Lio Malca una selección de 4 obras destacadas de Keith Haring. Realmente se trata de una mega instalación que reactualiza al pintor americano fallecido en 1990 con tan sólo 31 años; va más allá de la simple selección, ya que se ha concebido un espacio expositivo nuevo que recrea la estética neo pop de los años 80. Lio Malca ha transformado la nave en una gran caja de cajas, ya que se han forrado con autorización de la fundacion Keith Haring de Nueva York todas las paredes, suelo y techo del edificio con una reimpresión de dibujos del artista. El resultado es un gran puzle de 1.000 m2 que empaqueta el interior de la nave, produciendo el efecto de un hipogeo faraónico repleto de esos jeroglíficos que tanto agradaban al pintor.

 

Excavado en el centro se ha colocado el Pop Shop Tokio, dos containers de hierro que forman una nueva caja dentro de la nave, un espacio subterráneo. Estas dos piezas de 40 pies de largo fueron seleccionadas y decoradas por Haring para montar una tienda en Tokio en la que se venderían sus famosas camisetas y chaquetas estampadas. Los contenedores se encontraban en paradero desconocido hasta que han sido recuperados en 2004.

 

Fuera de la nave se ha instalado también un container llamado Channel Surf Club que reproduce la obra pintada por Haring en 1987 durante su estancia en Knokke (Bélgica). En esos días en que ya se sabía enfermo, no dejo de expresar snunca un vitalismo contagioso. «Los niños perciben este don que tengo, casi todos tienen un sentido especial para captarlo. Lo saben». Expresa la idea de que es distinto, se sabe poseedor de un don que permite que los niños lo entiendan mejor que nadie. Esa fuerza procede de no haber abandonado nunca del todo su niñez, y él mismo se reprocha con frecuencia un cierta, o más bien, una gran inmadurez.

 

Constantemente apunta que el arte y la vida –o la vida y el arte– no pueden estar separados, y que ambos son la misma cosa. La mejor síntesis de su pensamiento creo que es esta: «Muchos artistas tienen una compresión del mundo que les sitúa al margen de él, pero sólo unos pocos son realmente especiales, pocos tienen ese don que les permite influir en la vida de otras personas y penetrar en ella. Estoy seguro de que cuando me muera no moriré del todo, porque vivo dentro de mucha gente».

 

Haring un creador de iconos

Haring se inició a finales de los años 70 como grafitero en el metro de Nueva York. En realidad era un creador de iconos, verdaderamente simples, pero con mucho poder de comunicación y de contacto con los espectadores urbanos. Estos, pronto serían capaces de retener y reconocer sus imágenes en un transbordo de tan solo 3 minutos (tiempo que el visitante medio dedica a una obra maestra en los grandes museos). La firma Haring –con el anagrama de una cruz inscrita en un círculo–, se convertiría en objeto de culto, extendiéndose como un mito sobre la ciudad y apareciendo los primeros hurtos de sus dibujos callejeros. También seria objeto de un plagio constante del que él se reía, coleccionándose a sí mismo, especialmente en Japón donde encontró copias «insuperables». A pesar de todo, siempre fue muy espléndido con sus admiradores y en ello coinciden casi todos los testimonios. Desde David Hockney, que lo definió como una persona muy generosa, hasta los empleados de los hoteles en que se hospedaba, que describen cómo al partir les regalaba alguno de sus dibujos.

 

Las imágenes de Haring están tomadas de una iconografía mucho mas sofisticada de lo que aparentan a simple vista. Empezó con escenas cotidianas, un bebé gateando, un hombre danzando, un perro transfigurado en hombre o al revés, un hombre perruno. Pronto dio un paso hacia iconos inspirados en los grandes maestros de la pintura humanista y contemporánea. Apareció el hombre vitruviano de Leonardo, el árbol y la serpiente de la capilla Sixtina, la Gioconda de Duchamp. Y por supuesto, siempre Matisse –del cual dice «Ningún otro artista había pintado como él y ningún otro lo hará en el futuro»– y mucho Picasso. De ellos versiona las danzas fauvistas, jazz y otras series de papeles recortados, la maternidad del Guernica, los retratos y caras de mujeres, los animales y monstruos picassianos...

 

Finalmente, sus procesos creativos se nutren de la única vanguardia verdaderamente americana, la del pop art, que seguía viva aunque un poco vieja y apalancada al estilo del star system. Haring renovó ese contexto pop fotografiándose continuadamente con Andy Warhol o versionando también a Roy Lichtenstein, pero, desvinculado de ese carácter americanista, autóctono y casi localista; en definitiva universalizando la estética pop, junto a otras figuras musicales de su generación como Madonna, Prince y Michael Jackson (todos ellos nacidos en 1958). De hecho inicia una gira de exposiciones y actividades con importantes grafitis, pinturas murales e instalaciones que le llevan a París, Berlín, Río de Janeiro, Melbourne, Tokio, Barcelona, y finalmente a Pisa, donde pintará su última obra pública, titulada muy simbólicamente 'Tuttomondo'.

 

«Nueva York (también) puede ser un lugar fantástico»

En 1920 Matisse viaja a Nueva York y al observar su luz excepcional, sentencia que la urbe se convertirá en la nueva capital mundial de la pintura –pasará a formar parte de esa lista de espacios que se dejaron pintar y fotografiar mejor y alcanzan un éxito mediático–. En este contexto lumínico aparece el movimiento pospictórico neoyorkino que investiga sobre el uso del color y su relación con las superficies planas. Los colores planos de Haring arrancan de estas investigaciones, pero una vez más rompe con los moldes establecidos renunciando a la abstracción, y abanderando junto a su amigo Basquiat a toda una generación neofigurativa, que se acercará a los planteamientos de Dubuffet. Son los años 80 de los artistas europeos Baselitz, Penck, Clemente y también del presidente Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II. Se inaugura el neoconservadurismo. Al acabar la década esta claro que la especulación económica, el abuso de las drogas, el sexo libre, la violencia racista y el apartheid, la carrera nuclear y los muros ideológicos han caído (aunque, como escribiría el propio Haring, tampoco estoy tan seguro).

 

En este final de camino Haring fallece a causa del VIH, entre tanto, él ha vivido ese tiempo de tránsito. Y lo hace aterrizando en Nueva York desde un Pisttburgh conservador y educado en una familia de clase media; las fotos de su niñez desvelan un niño y un adolescente sensible, introvertido, angelical y diablillo. Su carácter desvela una necesidad de comunicación y un sentido del humor constante, incluso durante su enfermedad. Manhattan en esos años distaba mucho de la ciudad turística que vemos hoy. Personalmente recuerdo la visita de Manhattan al inicio de la década de los 90, recién fallecido Haring; una vibración y ruido penetrante alteraba tu percepción de la ciudad. La violencia se manifestaba no solo en el metro, o al salir de él a una calle indebida, o al bordear, sin atreverte a entrar, los barrios marginales; también en una comunidad afroamericana violenta y a la vez apartada y reprimida por barras y pistolas de los inmensos policías de trajes azules. En este ambiente el trabajo y la fiesta son el único escape posible.

 

A pesar de todo la ciudad entusiasmaba y, como diría Haring, «Nueva York (también) puede ser un lugar fantástico». Él empezó a recorrer discotecas y lugares frecuentados por latinos y de ambiente gay (que comparados con Ibiza, eran de un esplendor ligeramente sórdido). Paradise Garage era una de sus preferidas. Como su nombre indica el edificio funcionó como antiguo garaje, y bajo la tutela del Dj Larry Levan se convirtió en el refugio de Haring. Allí vistió a una jovencísima Madonna invitada a cantar y celebrar la fiesta del 26 cumpleaños de Haring. Más tarde diseñaría en versión pop los famosos pechos puntiagudos, colocados primero sobre Grace Jones, cuyo cuerpo también pintaría para una celebre sesión fotográfica. Frecuentaba otros locales famosos como Studio 57, distinto del más famoso Club 54 donde contactó con un Warhol ya un poco avejentado. Para el dueño del Club DV8 de San Francisco, Dr. Winkie, pintó el mural Untitled (DV8) de 1986, ahora instalado en La Nave de ses Salines. Se trata de cinco grandes paneles de un total de 38 metros cuadrados que decoraron también la vida nocturna californiana.

 

Los colores y el poder narrativo de Haring

En este contexto, la narración de sus pinturas describe paseantes, skaters, reuniones, melés, gente o animales bailando y danzando, en definitiva el ritual del contacto. El tema de la música, del dance y del baile fue recurrente en toda su obra ya que no sólo será asiduo de las disco y clubs neoyorkinos de los 80, sino también de las de aquellos lugares visitados. En Barcelona el Ars Studio, donde Haring se sorprende de que se pinche el mismo estilo de música House que en Nueva York o en Tokio, donde presenta la Pop Shop en una discoteca donde se queja de su aforo para sólo 500 personas. Todo este poder narrativo de las imágenes de Haring nace en un marco espacial muy definido, ya que siempre es fragmentario. No hay una confusión con el soporte –llega a criticar al mismísimo Frank Stella por romper la superficie pictórica–, y trabaja dentro de un marco claro y estructurado, en el que opera con una superposición. En este sentido no trabaja como los artistas callejeros actuales –Bansky o Erosie–, para los que la imagen se cuela en el soporte visual, como si fuera una proyección. Haring diseña físicamente sobre un limite exacto, sobre una hoja de papel, por más que estemos ante una pancarta publicitaria, un muro conventual, un container de playa o el espacio cúbico de una sala. En definitiva se apropia del espacio, incluso cuando pinta sobre objetos como cunas, coches –o sobre el ataúd de un amigo–. Estos se transforman en nuevos fragmentos donde no hay un vacío, un borde. Utiliza un lenguaje de formas arcaizantes, como los textos precolombinos y egipcios o la escritura japonesa. De hecho incorporó todo un repertorio de formas del arte no occidental: el dibujo lineal y los dragones de las aguadas japonesas, máscaras africanas, iconos de Nazca, figuras mexicanas y mayas, las esquematizaciones egipcias.

 

Tiempos de monumentalidad

Posiblemente la gran innovación de Haring consistió en aunar dos vias diferentes: la tradición arcaizante de los papiros, del papel de arroz japonés, de los pergaminos precolombinos y la clásica pintura mural europea. Hay un cambio de escalas, de lo diminuto a lo monumental. Haring es un tribalista de la pintura y la escultura monumental, como ejemplo le encanta el Escorial –y le decepciona la feria de Arco–. Siente vértigo ante un pequeño lienzo y unos tubos de óleo, pero planea unir en un proyecto de Land Art las ciudades de Moscú, Paris, Nueva York, Tokio, Shanghái, Nueva Delhi, y Los Ángeles para que una instalación suya sea visible desde un satélite de la Nasa. Tampoco duda en montar en acero lacado sus coreografías de baile como la Headstand ,de 1988. En sus ideas siempre subyace la necesidad de sentirse libre y la capacidad de transformar lo privado en público. No siente vergüenza de narrar su sexualidad, abiertamente homosexual, a veces irreverente pero con una excepción, la ausencia de imágenes sexuales en sus obras callejeras para proteger a los niños.

 

Verdaderamente el legado Haring traspasó su tiempo, proyectándose como una mirada sobre el pasado y el futuro. Poco antes de morir creó una fundación para ayudar a la infancia y curar el sida. Quiso que su epitafio fuera el mismo que él pronunció en el funeral de su amigo Yves: «Que apuró cada día hasta el límite y que su vida (nuestra vida) ha sido completa y lo será siempre. Estoy contento cada día. Hago lo que está en mis manos y acepto lo demás. Siento toda la felicidad que puedo sentir y toda la compasión y el amor que creo que puedo sentir».